En aquellos tiempos, cuando no existían los hombres, solo tres hermanos cerros, hijos de Sintána con Sei-nake, habitaban las tierras del sur. Una noche, a los hermanos les fue revelado en pensamiento, por Alúna, una esperanzadora promesa: “Ustedes, buenos hijos, obedientes y nobles les convertiré en prósperos reyes de las tierras negras. Para ello, tienen que partir a la región del norte.” Los corpulentos hijos estiraron sus largas piernas; y eran tan altos que sumieron su cabeza en las nubes y el señor viento sopló para despejar la nubosidad de sus ojos. Antes de la media noche, partieron en la espesa oscuridad guiados por una antorcha de estrellas ignotas. Los astros al dejar caer sus chispas rasgaban el tejado del cielo iluminando el camino de sombras por donde debían transitar.
Al rayar el alba, el borde del útero del cielo dio a luz al padre sol y con la ayuda del crepuscular de su ojo, los viajeros, encontraron una hermosa laguna de mirada clara, de nombre Curigua. Uno de los cerros, enamorado perdidamente, decidió quedarse junto a la ruborizada princesa de las aguas. Los dos hermanos, después de una gran fiesta, continuaron el viaje según lo señalado por Aluna. Al poco tiempo (unos miles de años), se les atravesó en el
camino una tumultuosa serpiente con cuerpo de agua. Era una criatura inofensiva que se extendía a lo ancho de una vasta planicie llamada, alguna vez, el Valle de Uparí. Uno de los hermanos distraído pisó un par de huevos de la serpiente y ante el incidente, el afligido cerro, preguntó cómo pagar su ofensa. Ella con su acostumbrado carácter afable lo comprometió en la noble tarea de custodiar a sus críos. Los huevecillos eran rocas desnudas, redondos como huevos de dinosaurios que con el roce de la protectora madre entonaban melodías de corrientes canoras. Atento y alegre, el cerro, asumió su labor y en compensación le crecieron en su piel unas esplendorosas barbas y cabellos de guayacán, ceibas y cedros. Los árboles se poblaron de coloridos y cantores pájaros. El primero de los hermanos, al sentir la vibración de su hermano, le dijo: “Tu alegría es mi felicidad, hermano mío.” Y al abrazarlo divisó a lo lejos, como en un sueño, una extensa piel de tonos blancuzcos que superaba en tamaño a la serpiente. La fastuosa criatura acostada y apoyada con los codos en el suelo jugaba con la fina arena de una planicie tan blanca como las nubes. La juguetona espuma, al sentir las enérgicas palmaditas del señor viento, se encrespaban, con retozones remolinos, en los aires acariciando el rostro del cerro. El cerro mayor, atraído por el fascinante juego encorvó sus piernas para contemplar el sembradío, y también vibró de alegría con el baile de las infinitas motas entre las franjas
azules del cielo. El padre Sol las blanqueaba, con su cálida sonrisa, al despertar en las mañanas acompañado de una implosión de pájaros cantores. La abundancia de nubes de coloridos plumaje teñía la sabana con el emotivo espíritu del color. Fue allí donde, el hermano cerro, encontró su mayor felicidad. Y estuvo tanto tiempo entretenido en la juguetona posición que los señores soleados (los cóndores, que para entonces abundaban en la región) volaron con sus grandiosas alas untadas de nieves y le regalaron un majestuoso sombrero de nieve, tan blanco como las planicies que contemplaba. El imponente obsequio le permitió dar de beber a sus hermanos cerros, a la laguna Curigua y a la serpiente. El agua helada era deliciosa. La serpiente, de nombre Guatapurí, adquirió un diáfano esplendor y había encontrado en los cerros una grata compañía, y por ello, serpenteaba de felicidad arrullando a sus cantores críos que también palabreaban, al señor viento, las bendiciones de las tierras negras del norte.
Un día una criatura erguida llegó de lejos, venia de los confines del planeta y cansada del viaje reposó en los pies de los hermanos cerros, que para entonces, eran ya serranías. Sin reparos los tres hermanos dejaron asentar al mono desnudo junto con las floríferas especies de las montañas. El mono desnudo tomó los bienes de la tierra pidiendo permiso a Alúna y a las tres, unidas, montañas. Ante la prosperidad
natural, de las tierras negras del norte, un grupo de monos desnudos pidieron el favor a las señoras ovejas unas vestiduras de lanas, porque, prefirieron vivir en lo alto de la montaña mayor para cuidar el sombrero de nieve. Otro grupo, por su parte, adoraban las planicies; continuaron desvestidos, por el calor, y prefirieron quedarse cerca del océano. Los que habitaron las altas montañas se les dio el nombre de Hermanos Mayores y se le confirió por Aluna, a veinte Mamas, su compromiso y respeto para proteger un encantado lugar apartado llamado: El corazón del mundo. Una tarea honorifica y loable para los recién llegados quienes presto a ejercerla con amor y conocimientos lograron adquirir la más refinada inteligencia de las criaturas; comprendiendo, profundamente, los Pergaminos de la Sabiduría Natural, reconociendo en el pensamiento de la naturaleza la espiritualidad.
Después de esto, el señor viento partió, pues, era aventurero, curioso y salvaje; deambuló con la fuerza de su espíritu en los confines de los mares, de modo que, en la plenitud de los abismos del cielo encontró la libertad que siempre añoró. El señor viento era colaborador con las embarcaciones que apenas comenzaban a explorar el antiguo y lejano reino sombrío de los Bunashe, al otro extremo de las tierras del norte, pasando el océano. Pero, afínales del año, cuando regresaba, él soplaba lo más suave posible para
susurrar una afectuosa canción en las montañas; después, del cariñoso gesto, se marchaba tranquilo al percibir el sueño profundo y sosegado de los tres hermanos. Por aquellos días, el señor viento, salvó una embarcación en altamar que intentaba atravesar el océano por primera vez. Los bunashe hambrientos y agonizantes por la insolación, se arrodillaron ante el señor viento y le suplicaron que los llevara a tierra firme y segura. Las reiterativas peticiones, de clemencia, conmovieron al señor viento quien pensó en los tres hermanos y las riquezas que poseían, entonces, decidió llevarlos ante los prósperos reyes de las tierras negras del norte. Sin embargo, el ingenuo viento ignoraba el espíritu ambicioso y la ferviente necesidad de poder de los bunashe. Y en cuanto desembarcaron corrompieron, con su infame locura, a los monos desnudos quienes sintieron vergüenza de verse sin ropas; el estado de soberbia e inconciencia, les hizo olvidar su pasado y adoraron a los dioses de los bunashe adquiriendo la sabiduría de la destrucción. Apropiados del impío y tenebroso pensamiento tomaron el nombre de: Hermanos Menores. Entonces, ambos reinos confrontaron a los que habitaban en las sagradas montañas. Las cuatro tribus que valientemente se resistieron, finalmente, fueron doblegados por las tres leyes celestiales de los bunashe: Opulencia, Ambición y Guerra. Los aliados del mal, también, sometieron a la serpiente de agua; fue desangrada y secada
su piel. Royeron, sin compasión, los críos buscando riquezas en sus corazones. Las pequeñas rocas enlutaron sus cantos de aguas. El hermano cerro, custodio de la serpiente, lloró lágrimas de rocas. Fue la primera vez que la montaña lloró. Antes de morir, exhaló un potente fuego, aunque, cientos de piedras cayeron sobre los Hermanos Menores fue inútil detenerlos, pues, llegaron aún más bunashe para controlar su furia. Los dos hermanos infinitamente desdichados temblaron de impotencia. La tierra que antes era impoluta se había manchado de sangre, corrupción y poder porque diez de los hermanos mayores, “diez Mamas malos”, se habían corrompido. Los mercaderes vendieron a los señores soleados como esclavos, otros fueron exiliados a las altas tierras de los Andes. Al prodigioso papá Guayacán, al umbrío tío Robles y al adorado primo Cedro los entregaron para que cruelmente fueran derribados por las bestias enardecidas de las hachas que devoraron sus troncos; parte de la sangre de las ceibas terminó de envenenar a la serpiente de agua. Los Hermanos Menores y los Bunashe cambiaron los Pergaminos de la Sabiduría Natural por el nombre de “pergaminos del diablo”. Sin atender los desgarradores llamados de piedad de Alúna; alambraron y arrancaron la pletórica piel de los tres hermanos cerros, como consecuencia, el espíritu de Sangaradó flageló su látigo de muerte en la serranía,
mientras, los bunashe se enriquecían con el pasado y el presente de los hijos de Sintána y Sei-nake.
Finalmente, el señor viento escuchó el llanto de los hermanos cerros y al enterarse que yacían moribundos y el uno sin el sombrero blanco, quiso revertir su equivocación. Por ello, cabalgó a la costa con una descomunal y espesa nubosidad. Lanzó un desgarrador grito de batalla al pisar la arena contaminada de la playa; y al entrar en las montañas el estruendo de centella rasgó las puertas del cielo y una abundante tempestad se desparramó en el precipicio de la serranía. La tierra tembló ante la ira del señor viento y el espíritu del aire encendió su aliento con la voz del trueno que exigía: ¡Respeto! Aquella noche, cuando aun existían los bunashe, centenares que dormían placidos despertaron conmocionados y convertidos en hombres llamas. Fue entonces, cuando el destello de la Verdad irradió la conciencia de los diez Mámas buenos y mientras, miraban como la serranía era cubierta por una tenebrosa tempestad de lluvia y fuego, aterrorizado, uno de ellos, exclamó: “¡El rayo apenas es un castigo! Ahora, va a venir la guerra de la Naturaleza y de la Humanidad.”